28 may. 2017

Walkirias de hoy

A Mónica

Una graduación universitaria es un momento cargado de trascendencia. Para todos los que lo hacen o lo hicieron representa el final de una etapa que comenzó muchos años atrás y que se entrelaza con un futuro que, en el más común de los casos, es incierto, pero que viene cargado de dudas, ilusiones y sueños. Estos días, Mónica ha terminado sus estudios universitarios. A ella va dedicada esta entrada.

Vivimos en el mundo que nos ha tocado. No debemos fijarnos si es mejor o peor que otros, sino en el hecho de que es el que tenemos. Después de muchos años, toda una vida, de formación, es el momento de salir al mundo, a la realidad, a la vida. Es la ocasión de luchar, defender las cualidades y virtudes de esta sociedad a la que pertenecemos, la cercana y la lejana. De batallar por mejorar lo que encontramos, ser osados y valientes para soñar, pensar lo imposible, lo que aún no se ha conseguido para que la sociedad, adormecida en una vida que se nos ofrece plana y en la que es más fácil no pensar, pueda avanzar en la igualdad, la justicia y los derechos, y que todos puedan -podamos- vivir una vida más plena y mejor.
Los tiempos cambian y también algunos prototipos. Las walkirias del título eran luchadoras, aguerridas, decididas, fuertes, pero su función era acompañar a los guerreros caídos en la batalla hasta el Walhalla. Hoy se está, se debe estar, haciendo impensable esa función. La mujer está cambiando su rol en la sociedad y eso es irreversible como se ha puesto de manifiesto en la publicación de vuestra clase La pluma violeta
Es momento de soñar, de hacer que lo impensado y lo impensable se vuelva cierto y habitual.
En esta entrada te propongo dos acercamientos a la lucha por un nuevo papel en el mundo y por conseguir alcanzar los sueños en nuestra sociedad. La primera a una de las músicas más conocidas de Richard Wagner perteneciente a su ópera La Walkiria, mientras que la segunda nos acerca a un elogio de los sueños con la escritora polaca, Premio Nobel de Literatura Wislawa Szymborska.


Guste más o menos, nadie puede negar que Richard Wagner es uno de los grandes compositores que ha dado la música a lo largo de su historia, pese a la relación que se estableció en tiempos entre su obra y la propaganda nazi. Aunque no fue el primero en utilizarlo, desarrolló el leit-motiv, esa serie de sonidos que identifican, describen o evocan a personajes, ideas o situaciones a lo largo de las obras. Las bandas sonoras cinematográficas deben mucho a Wagner al aplicar esta técnica.
De su obra podemos destacar Tristán e Isolda o El holandés errante que hemos traído al blog, Los maestros cantores de Nuremberg, Lohengrin, Tanhauser o Parsifal.
Pero donde mejor se puede apreciar y disfrutar su obra es en la tetralogía El anillo de los Nibelungos basada en antiguas leyendas germánicas. Está formada por un prologo, El oro del Rin, y tres jornadas, La walkiria, Sigfrid y El ocaso de los dioses, una obra que Wagner tardó veintiséis años en componer en su totalidad.
La Walkiria (Die Walküre), la primera jornada es la más conocida de toda la obra. Se trata de una ópera romántica con amores épicos, violentas emociones, muertes trágicas en extremo y un final con un lirismo dramático de una gran intensidad. Wagner se ve reflejado en el personaje de Siegmund, un proscrito perseguido por la justicia como él mismo lo era tras participar en la Revolución de 1848 de Dresde y tener que exiliarse en Zurich.
Entre sus protagonistas aparecen Wotan, rey de los dioses, que se verá presa de su codicia y las contradicciones de sus acuerdos y pactos. Fricka, su esposa y Diosa del Matrimonio que consigue arrancarle la promesa de que Siegmund morirá en combate. Éste, junto con Siglinda, hermanos gemelos sin conocerlo y amantes que provocan la ira de la diosa con sus incestuosas relaciones. Brunilda, una de las nueve walkirias, la favorita de Wotan, quien primero le pide que proteja a Siegmund y luego le retira el compromiso. Brunilda se rebela contra su padre y se resiste a obedecerle porque sabe que Wotan ama a Siegmund. La cólera del dios caerá sobre su walkiria predilecta.



El tercer acto se inicia con una de las músicas más populares y conocidas de Wagner, la Cabalgata de las walkirias (Walkürenritt) que va acompañada del canto de guerra (¡Hojotoho!) de las ocho walkirias y que, aunque se conozca así, el compositor nunca reconoció este nombre ni vio bien que se sacara del contexto de su ópera. 
Es una escena complicada con relámpagos y truenos, con las guerreras cabalgando por el cielo con los héroes muertos sobre sus sillas de montar para llevarlos al Walhalla. Al entrar Brunilda sus hermanas se sorprenden al comprobar que no lleva a un héroe muerto, sino a una mujer, Sieglinde. Desesperada les pide un caballo para poder escapar, pero sus hermanas se niegan a actuar contra Wotan.
Además de haber sido utilizada, como la mayor parte de la música de Wagner como parte de la propaganda alemana durante la II Guerra Mundial, esta Cabalgata ha sido llevada al cine, con mayor o menor fortuna en múltiples ocasiones. Quizás la más conocida para nosotros sea en Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, una escena en que se hace una apología brutal de la guerra.



El enlace que te propongo pertenece a una versión histórica de la Tetralogía que se llevó a cabo en el Bayreuther Festspiele (Festival de Bayreuth) en 1980 bajo la dirección de Pierre Boulez y que se editó en vídeo. Este festival, que se viene desarrollando desde 1879 en el teatro y con las condiciones que Wagner ideó fue inaugurado con la primera representación de la Tetralogía que, de forma ceremoniosa se lleva a cabo todos los veranos desde entonces. A esta inauguración asistieron personajes como Franz Liszt, Eduard Grieg, Anton Bruckner, Tchaikovsky, Saint-Saëns, Nietzsche, León Tolstoi, el kaiser Guillermo I y Luís II de Baviera, el llamado Rey Loco, que fue quien sufragó los gastos para construir el teatro.


Wislawa Szymborska comenzó escribiendo relatos cortos, pero su gusto por las palabras, sobre todo las palabras cotidianas, le hizo ir acortando sus relatos hasta quedarse con las palabras esenciales para terminar escribiendo poemas. La Szymborska amaba la poesía, aunque no le gustaba hablar sobre ella.
Le gustaba la pintura de Vermeer, detestaba el ruido, amaba los monos, no le hacía ascos a las películas de terror y le gustaban las de Woody Allen, disfrutaba con las visitas a museos arqueológicos y no se imaginaba que alguien no tuviera en la biblioteca de su casa un volumen de Los papeles póstumos del Club Pickwick.
Polaca, nació en 1923 en Bnin, aunque residió casi toda su vida en Cracovia. Perteneció al Partido Obrero Unificado Polaco, aunque devolvió su carnet y colaboró con la oposición democrática. Pese a que comenzó a escribir en su juventud, su timidez le impidió presentar sus trabajos, comenzando a publicar a partir de 1945. Desde su primer libro Por eso vivimos, aparecido en 1952, fue publicando obras como Preguntas a mí misma, Llamada al Yeti, Sal, Gente en el puente, De la muerte sin exagerar, Paisaje con grano de arena, Instante, Dos puntos hasta llegar a su última obra Hasta aquí en 2009. A esta mujer tímida y poco dada a los festejos y discursos se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1996 "por su poesía que con precisión irónica permite que los contextos histórico y biológico salgan a la luz en los fragmentos de la realidad humana".



A Paisaje con grano de arena pertenece este poema Alabanza a los sueños, en que la Szymborska nos invita a dejarnos seducir por esos sueños que rompen la realidad y quién sabe, a romper la realidad con nuestros sueños. No seamos conformistas.




Para finalizar el post te enlazo con los sonidos de una nueva versión, instrumental y sólo de audio, de la Cabalgata de las walkirias en una adaptación de jazz cargada de frescura y lirismo interpretada por Uri Caine con su agrupación Uri Caine Ensemble grabada en directo en Venecia en 1997.



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20 may. 2017

Un reencuentro contigo mism@

Hay ocasiones en que un destello del pasado se cruza por nuestra vida y convoca los recuerdos y las dudas. 
Cuando menos te lo esperas, en un momento determinado, te cruzas con una situación, un acontecimiento o una persona que te hacen recordar una decisión que tomaste, una acción que llevaste a cabo, una amistad o una relación que se rompió.
Si tus razones fueron consistentes, tus argumentos serenos y meditados, si superaste con determinación la situación, este momento es algo fugaz que te recuerda lo sucedido sin un poso de amargura, con la conciencia tranquila y serena y regresas luego a tu normalidad decidida.
Pero no siempre nuestras decisiones, nuestros actos y nuestras amistades o relaciones se tomaron con esa determinación, sino que hubo otros factores que actuaron: la inexperiencia de la juventud, la presión a la que estamos sometidos, otras personas o condicionantes que nos empujaron en esa dirección precisamente sin tener claros ni nuestros sentimientos, ni las razones, ni las últimas decisiones.
Con el tiempo, casi sin darnos cuenta, vamos adquiriendo una mayor capacidad para tomar las riendas de nuestro destino, aunque nunca las tendremos ciertamente controladas.
Cuando te reencuentras con tu pasado te reencuentras contigo mismo.
Te propongo dos miradas a situaciones que nos vienen como destello de nuestro pasado y lo iluminan momentáneamente, aunque en ambas no se quedan en el recuerdo, sino que toman una nueva presencia. Dos grandes autores son responsables de las mismas. Gabriel García Márquez con unos fragmentos de El amor en los tiempos del cólera y Giacomo Puccini con una de las arias más conocidas de La Bohème.


Gabriel García Márquez es uno de estos escritores que han traspasado su obra para convertirse ellos mismos en personajes. Autor de una larga lista de narraciones entre las que destaca Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, El otoño del patriarca o Vivir para contarla, Gabo trajo con su obra el Realismo mágico y comenzó el Boom de la literatura iberoamericana que, junto con Julio Cortázar, Carlos Fuentes o Vargas Llosa, llevó a estos autores a lograr el mayor reconocimiento y máximo esplendor a partir de los años 60 del pasado siglo.
En El amor en los tiempos del cólera, Gabo narra una historia de amor que transcurre durante más de medio siglo, desde que comienza con los jóvenes Florentino Ariza y Fermina Daza en su juventud, pasando por unos años de matrimonio de ella, enmarcados en la felicidad con su esposo Juvenal Urbino y, que una vez viuda, vuelve a surgir entre ambos gracias a la persistencia de Florentino. En este caso, los destellos del pasado que recibe Fermina no quedan como fugaz recuerdo, sino que forjan una nueva historia de amor entre ambos en la que García Márquez trata de temas como la familia, el amor en la diferentes etapas de la vida, la fidelidad, la muerte o la familia.



Dos fragmentos, separados ambos por un lapso de más de medio siglo, nos acompañan. Desde el incipiente y febril amor epistolar de la juventud al sereno de la avanzada madurez.






En varias ocasiones he traído al blog obras de Giacomo Pucini, el último gran compositor del siglo XIX, pues aunque estrenó y publicó gran parte de su obra en el siglo XX, su música bebe en los estilos de las últimas décadas del siglo anterior. Con un gran sentido de lo teatral, sus descubrimientos melódicos y la facilidad con que su música caracterizaba y describía los ambientes, Puccini es el último heredero del bel canto italiano. Óperas como La Bohème, Tosca, Madama Butterfly o Turandot le han hecho tener un lugar importante entre los compositores operísticos y ser el autor del siglo XX más representado.
En Escenas de bohemios en París hacía referencias al primer acto de la obra con las arias de Rodolfo (Che gelida manina!) y Mimí (Si, mi chiamano Mimí). 
En esta ocasión traigo otra de las piezas más conocidas de la obra, el aria para soprano Quando me'n vo' soletta per la via (Cuando voy solita por la calle), el llamado Vals de Musetta. El segundo acto se desarrolla en el Barrio Latino en plenas celebraciones navideñas creando Puccini un ambiente festivo, abigarrado, lleno de cantos y sonoridades. Allí, entre las mesas del Café Momús los protagonistas están de fiesta. Entra en escena una dama elegante, Musetta, acompañada de su actual amante Alcindoro. Igual que ocurriera e el primer acto en la escena entre Rodolfo y Mimí, con la entrada de Musetta parece que el tiempo se detiene. Musetta y su antiguo amante Marcello se ven y toda la escena es un alarde de seducción en la que ella provoca una escena de celos para llamar la atención del pintor, logrando que éste vuelva con ella.



Además del protagonismo que la cantante tiene en esta pieza, la melodía que Puccini compone a ritmo de un vals lento con protagonismo del arpa y los violines, junto con la flauta y el clarinete. Toda la orquesta se pone al servicio de la creación de una atmósfera con los varios personajes que intervienen en la escena, aunque el protagonismo final pertenezca a Musetta.
En los próximos días podremos disfrutar de esta ópera en el Teatro Maestranza de Sevilla.




El enlace pertenece a una representación del Teatro Alla Scala de Milán de 2003 con la interpretación en el personaje de Musetta de la cantante Hei-Kyung Hong.


La segunda es una interpretación de Kiri te Kanawa con el acompañamiento de la London Philharmonic Orchestra dirigida por Sir John Pritchard. Se trata de una grabación de audio en estudio sin acompañamiento de más cantantes en la que la soprano neozelandesa muestra su elegancia, la versatilidad de su voz y la dicción clara que siempre la han caracterizado.


Para terminar, enlazo con toda la escena, la primera parte del segundo acto en la versión fílmica, con subtítulos en castellano, que se rodó con Rolando Villazón y Anna Netrebko en la que Nicole Cabell interpreta el papel de Musetta. 



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5 may. 2017

Las ciudades errantes

¿De dónde surge la creatividad? ¿Qué hechos o ideas posibilitaron que un autor llegara a crear una obra? 
Hay muchos casos en que el autor cuenta cómo surgió la idea que le llevó a escribir un libro, componer una canción o música determinada, una pintura o escultura. En cambio, hay otras de las que desconocemos su génesis y sólo a base de conjeturas, entresacando datos de uno y otro sitio se puede llegar a suponer cómo llegaron a ser realidad.
La sensibilidad del creador parte en muchos casos de su experiencia, de otra obra anterior que lo inspira, de una percepción de la realidad que ve injusta, de un suceso o incluso de un sueño.
Te propongo dos miradas a obras que crean una realidad poética de tipo legendario a partir de unas carpetas con anotaciones y un accidentado viaje. Nos acompañan un peculiar libro de Italo Calvino y una balada de uno de los más grandes y controvertidos compositores de toda la historia.


En Las ciudades invisibles Italo Calvino recrea una serie de ciudades inexistentes, todas con nombres de mujer y que responden a determinados temas: la ciudades continuas, las escondidas, los símbolos, el deseo, los intercambios, el nombre, la memoria o los muertos. Estos temas se repiten hasta nueve veces en una serie de relatos que nacen del desorden, sin importar dónde está el inicio o el término, pudiéndose leer desde el comienzo al final o al revés, o comenzarlo por el centro, sin cronología alguna, como el juego que propone Cortázar en Rayuela
Este devenir anacrónico, la seriación desordenada, el fluir de la recreación utiliza el pretexto de una conversación en la que el mismo Marco Polo, como si fuera Sherezade en Las mil y una noches, narra al Kublai Kan las experiencias de las supuestas ciudades visitadas, sin trama argumental, utilizando bocetos asociados a cada uno de los lugares y que permanecen incompletos, como el inicio de una historia que no se llevará a cabo.



Italo Calvino escribió Las ciudades invisibles a intervalos, como relatos o poemas compuestos según la inspiración, a modo de bocetos que iba guardando en carpetas según su costumbre hasta plantearse qué libro podría haber en ellos. La carpeta viajó de ciudad en ciudad siendo completada según estados de ánimo, a veces las ciudades tristes, en ocasiones las ciudades bajo las estrellas o entre las basuras. Pero no encontraba la forma del libro, "ese lugar en que el lector podía perderse, buscar un camino o una reflexión, una o varias salidas, un algo que justificara la lectura". El hilo, la trama surgió, como decía, con Marco Polo narrando sus viajes a Kublai, Kan de los Tártaros, aunque históricamente no sea kan de éstos, sino de los Mongoles tal como dice el famoso viajero en sus relatos, esta vez sí históricos.



Qué sería de nuestra existencia si las experiencias que vivimos no tuvieran en cuenta el orden en que han ocurrido o bien ocurrirán. ¿Seríamos los mismos si lo que nos sucedió en nuestra infancia aún estuviera por llegar? ¿Si las cicatrices de los últimos meses las cargáramos desde hace décadas? 
Luchando contra la secuencia temporal a la que la vida nos acostumbra, te propongo que te internes, con toda la curiosidad de quien se aventura por los sendero, calles, laberintos y estelas de caminos y mares, en una de las Ciudades de los Intercambios tal como la imaginó y recreó Italo Calvino.



Director de orquesta desde los veinte años, admirador desde niño del teatro, a los cinco vio su primera ópera, a los diez quedó admirado con El cazador furtivo que el propio autor Carl María von Weber dirigió en Dresde. Antes había interpretado al joven Guillermo Tell, mientras su hermana Klara hacía de Walter Tell y su padrastro Geyer representaba a Gessler. Desde pequeño quedó prendado por los ropajes extravagantes y disfrutaba maquillándose. Años después volvió a quedar fascinado al escuchar cantar a Wilhelmine Schröder-Devrient en El vampiro
Todo su vida buscó sus orígenes entre su padre Carl Friedrich Wilhelm, fallecido el año de su nacimiento, y Ludwig Geyer, pintor y actor amigo de la familia, que casó con su madre al año siguiente. La prohibición de preguntar sobre su origen y la búsqueda de su padre acompañó a Richard Wagner toda su vida a la par que sus personajes lo hacían en sus obras: ParsifalTristán o Sigfrido no conocieron a sus padres, los dos últimos tenían padrastro; Lohengrin debía ocultar su nombre y su identidad, Siegmund en La Walquiria lo conoce, pero no sabe quién es realmente. 
Apasionado, excesivo, beligerante, revolucionario en la música y en los levantamientos populares como en el de 1849 que le llevó al exilio, de ardiente temperamento, megalómano, arruinado varias veces, la personalidad de Wagner representa al artista completo del siglo XIX y su influencia se extiende hasta la actualidad. Cuántas bandas sonoras de películas y series de las mismas utilizan las técnicas y elementos que él creó.
Director de orquesta, innovador de la escena y el teatro, Wagner sentó las bases de las representaciones operísticas tal como las conocemos en la actualidad. Diseñó el teatro de Bayreuth, ideó el foso para la orquesta con la finalidad de dar más protagonismo a la escena y las voces. Reformó la estructura de la ópera para dar más importancia al todo que a sus partes: el texto, la música, los cantantes, el decorado están al servicio de la obra. Todo era controlado por él, desde los libretos que escribía, a la disposición de los músicos en el foso, pasando por la escenografía, el vestuario o los cantantes. Desarrolló el leitmotiv en sus obras, ese tema musical que está vinculado a un personaje, una idea e incluso un objeto y los simboliza, recuerda y evoca a lo largo de toda la obra. 



Estrenada a comienzos de 1843, El holandés errante o El buque fantasma surge tras una accidentada travesía hacia Londres del propio autor: "El miércoles a las dos y media de la tarde nos considerábamos perdidos. No eran las terribles embestidas del mar embravecido, que lanzaban constantemente el buque a la aventura, ora en una sima profunda, ora en la cresta de empinadísimas olas, lo que me hacía sentir el horror de la muerte. Lo que me estremecía era el desaliento de los marineros y las miradas desesperadas que nos dirigían acusándonos en su superstición, de ser la causa del inevitable naufragio. El propio capitán, en el momento más crítico, pareció lamentarse de habernos admitido a bordo. A su entender, no cabía duda de que nosotros éramos la causa de la desdichada travesía".
Tras esta experiencia la obra tiene, según el compositor, un origen dramático y musical. La Balada de Senta puede considerarse el momento cumbre de la obra. "Escribí el texto y la melodía de la balada de Senta antes de haberme puesto a trabajar en El holandés. Inconscientemente, deposité en ese fragmento los gérmenes temáticos de la partitura entera; tanto fue así, que una vez acabada tuve la intención de llamarla Balada Dramática".
Esta Balada de Senta (Johohoe!) consta de tres estrofas, a través de las cuales relata la historia del Holandés Errante, su maldición, su penoso vagar por el mundo y su anhelo de salvación a través de la redención por amor. Todo este relato está lleno de onomatopeyas. La incredulidad de las muchachas que hilan se transforma en interés por la convicción con que Senta narra la historia. Finalmente ésta afirma rotunda que será ella la salvación del Holandés, lo que alarma a las hilanderas. La evolución desde la alegre escena del canto de las muchachas previo a la balada hasta el final melancólico de ésta marca toda la evolución dramática de la obra.


El enlace muestra una interpretación de Catarina Ligendza en la Deutsche Oper de Berlin de 1986, con una buena toma de sonido a persar del tiempo transcurrido.


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28 abr. 2017

El amor cuando todo se ha perdido

Hay momentos en los que pensamos que todo está perdido. Nuestra experiencia, nuestras expectativas y nuestro conocimiento nos llevan a situaciones en que podemos pensar que lo que nos ocurre en nuestra vida, a quienes queremos y nos acompañan e incluso en nuestro trabajo no tienen solución y podemos llegar a caer en el abandono, con la pérdida de la esperanza y una entrega a la desesperación. 
Hace unos años, en un viaje a Alemania visité el campo de concentración de Sachsenhausen. Está cerca de Berlín y fue el primero que se construyó, pero no es un campo de los más conocidos como Auschwitz o Dachau. El horror de lo ocurrido en los campos de concentración tiene que ser inolvidable, en primer lugar porque la humanidad no puede olvidar lo que ha ocurrido para no caer en el mismo error; pero también es inolvidable porque cuando realizas una visita no dejas de pensar en lo que allí pudo ocurrir. Es una imagen recurrente que te vuelve a visitar en múltiples ocasiones. 



Pero en medio del horror y la desesperación de quienes pasaron por ellos hubo momentos de sublime humanidad, de esos momentos que engrandecen al género humano: experiencias de colaboración y ayuda, de momentos de superación que llegaron a ver que había esperanza y que vivir merecía la pena.
Te propongo dos miradas hacia ese momento en que las personas vemos que hay una situación insostenible, irremediable, pero aún así descubrimos que el amor que tenemos en nuestra vida nos da fuerzas para buscar la esperanza de seguir adelante. Nos acompaña un texto de Viktor Frankl sobre su dura experiencia personal y fragmento de la ópera más conocida y representada de todos los tiempos, La Traviata de Giuseppe Verdi.

Pabellón de prisioneros judíos. Campo de concentración de Sachsenhausen
Lo demás lo supe después. Lo primero que conocí de Viktor Frankl fue que estuvo prisionero en varios campos de concentración en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial y que sobrevivió. Su experiencia, terrible, dura y estremecedora la paseó, junto con muchos otros prisioneros por distintos campos como Auschwitz, Kaufering III o Tukheim. De esa vivencia nació El hombre en busca de sentido, un libro en el que va desgranando con un relato honesto y sincero la vida en estos campos, las reacciones ante las situaciones inhumanas, la desesperación de muchos que acabaron buscando la muerte antes de que ésta los alcanzara a ellos, los pequeños momentos en que lograban evadirse de la insoportable realidad, las pequeñas ayudas que podían tener entre ellos, la crueldad de los soldados que los custodiaban y, aún peor, la de otros que eran prisioneros como ellos mismos. 
En esta obra, Frankl se pregunta por la razón por la que salió vivo de los campos de exterminio. Por qué él, que había sobrevivido a su familia, a sus amigos, a tanta penalidades y sufrimientos, podía aceptar que la vida fuera digna de ser vivida. 



Porque, y eso lo supe más adelante, Viktor Frankl no era un escritor, un literato, sino que era un prestigioso psicólogo, el creador de la Tercera Escuela de Viena, después del Psicoanálisis de Freud y la Psicología individual de Alfred Adler.
El hombre en busca de sentido está dividido en varias partes, narrando su experiencia como prisionero en tres fases: la primera se titula Internamiento en el campo; la segunda La vida en el campo; y la tercera, Después de la liberación. Concluye este libro duro y crudo con las nociones básicas de la logoterapia y el análisis existencial, la base del pensamiento de esta Tercera Escuela de Viena.
Las distintas experiencias, la mayoría totalmente personales, aunque en determinados lugares se citan algunas de otros prisioneros o guardianes de los campos, son mostradas con los ojos y la mente de un psicólogo que las analiza y valora bajo su mirada atenta y crucial. Según las propias palabras de Frankl: "Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración".



En el enlace, en verde como siempre, tienes una pequeña síntesis biográfica de Viktor Frankl, donde llama la atención la decisión y cómo la toma, de no exiliarse y terminar siendo finalmente detenido y deportado. En este otro te enlazo con unas recomendaciones sobre la adversidad, extraídas de sus teorías.
El texto que te propongo pertenece a la que él denomina la segunda fase, La vida en el campo. En él, Frankl narra con desgarradora precisión una revelación que le ayudó a dar sentido y sobrellevar el horror en el que vivía junto con tantos otros.




 
¿Quién no ha oído hablar de La Traviata? La ópera de Giuseppe Verdi es la más representada de todos los tiempos. En la temporada 2015/2016 se ha representado ¡4.200 veces! en todo el mundo, muy por delante de La Flauta mágica con 3.300 representaciones.
En este blog he tratado de La Traviata en los siguienes enlaces: El reloj, tirano del paso del tiempo y El amor con Neruda y Verdi
El tercer acto se desarrolla en la habitación de Violetta. La tuberculosis está acabando con su vida y ella no cree ya en las esperanzas que le da el médico sobre su curación. Alfredo, que tuvo que huir vuelve a París para suplicar perdón y no separarse de Violetta. Los amantes, como última esperanza, hacen planes para un futuro juntos que saben que no existe. 



Antes de comenzar esta escena, Verdi incluye un contraste teatral muy de su estilo: en la calle se oye el ruidoso festejo del carnaval. Tras éste, la sirvienta irrumpe en la habitación anunciando la llegada de Alfredo. Se produce el encuentro. Tras un silencio, el tenor canta la estrofa Parigi o cara acompañado por las cuerdas en pizzicatto que muestran el latido del corazón. Violetta repite la estrofa con un latido más apagado si cabe aún. Luego comienza un juego de frases, respuestas, silencios y complicidades. El dramatismo, lo que saben ellos y sabemos nosotros, queda momentáneamente eclipsado. El final llegará poco después.



De este dúo hay muchas versiones disponibles pero, por el dramatismo de la escena he descartado las que están cantadas en versión concierto o disco sin imágenes, de las que hay varias muy interesantes y me he decidido por enlazar dos versiones cantadas en escena. 
La primera está interpretara por Rolando Villazón y Anna Netrebko en una arriesgada e impactante producción del Salzburg Festspiele (Festival de Salzburgo) de 2005, que ha sido repuesta a comienzos de 2017 en el Metropolitan Opera House de New York con la interpretación en los mismos roles de Michael Fabiano y Sonya Yoncheva en uno de los repartos.


La segunda versión es una producción llevada a escena en París en 2007 más convencional interpretada por Christine Schafer y Jonas Kaufmann.
Cada una ofrece un matiz diferente y no he sido capaz de descartar ninguna. Tú, ¿con cuál te quedas?


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21 abr. 2017

Con un libro en las manos

Como todos los años, la fecha del fallecimiento de Cervantes y Shakespeare nos sirve de recordatorio sobre la importancia de los libros. Celebrar el Día del Libro es, por un lado, una necesidad desde el momento que no todos tienen acceso a su uso o no los consideran necesarios en sus vidas. Por otro lado, una fiesta gozosa para aquellos que los amamos y los consideramos necesarios en nuestras vidas.
Nadie puede negar la importancia que los libros han tenido y tienen en la transmisión del saber a lo largo de toda la historia de la humanidad. Desde la invención de la escritura, con fines eminentemente prácticos para el comercio, los libros han servido para transmitir el conocimiento de unas generaciones a otras, aunque no siempre avanzando de forma lineal. 
Es posible que precisamente ese uso sistemático como elemento que ayuda al aprendizaje, el libro de texto, sea el que haya hecho que, en determinadas personas, se haya producido un rechazo o indiferencia al uso de los libros en su vida diaria.
Quien no lee habitualmente pierde una oportunidad de conocer otras vidas, ponerse en el lugar de otras personas o culturas y entenderlas, abrir su mentalidad y, en definitiva, tener una opinión propia.
Otra cosas es el formato del libro. Ante las nuevas tecnologías hay opiniones a favor y en contra, defensores y detractores de las mismas. ¿Libro tradicional o libro electrónico? Sería interesante ponernos en el lugar de aquellos monjes que, en sus scriptoriums oyeron hablar del invento de Gutenberg. ¿La imprenta iba a acabar con tantos siglos de cultura? ¿Cualquiera que no estuviera iniciado podría dedicarse a leer o, incluso, a escribir? Los libros, los conocimientos, el saber ¿debían estar al alcance de todos? 

Para celebrar el Día del Libro te propongo un doble acercamiento a los libros. En primer lugar a las sensaciones que nos producen, nuestra primera biblioteca y la amistad que nos proporcionan de la mano del autor israelí Amos Oz. Una obra de Donizetti utiliza la excusa de los libros para desarrollar la historia de amor entre sus protagonistas.


Nacido pocos meses antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Amos Klausner firma sus libros como Amos Oz. Novelista, periodista, profesor de literatura en la Universidad Ben-Gurión, co-fundador del movimiento pacifista Shalom Aishav (Paz Ahora) y miembro de la Academia Europea de las Ciencias y las Artes, Oz es una de las personalidades que luchan por desarrollar sus ideas en favor del pacifismo, el diálogo y la búsqueda de soluciones a los conflictos que tienen enquistada su tierra natal, ya que nació en Jerusalem antes de que existiera el estado de Israel moderno.
Crítico con quienes no buscan soluciones dialogadas a los conflictos, Amos Oz ha visto cómo su vida ha sido amenazada por los sectores más conservadores y radicales de su país: "Es un orgullo que algunos israelíes me llamen traidor por oponerme a la ocupación", lo que le ha hecho pertenecer al grupo de los que él llama con orgullo "traidores" junto con Lincoln, Gorbachov, De Gaulle, Sadat, Isaac Rabin o Simon Peres.
Recibió el Premio Goethe de Literatura por Una historia de amor y oscuridad, el Príncipe de Asturias de las Letras en 2007, además de haber sido candidato al Nobel de Literatura durante varios años consecutivos. Entre sus obras destacan, además de la citada, La caja negra, Hasta la muerte, Conocer a una mujer o Judas, publicada hace un par de años.



Pero lo que nos trae en esta ocasión al escritor israelí es su amor por los libros, algo que comenzó como afición y continúa como necesidad. Dos extractos de este amor por los libros nos acompañan. Por un lado, una anécdota que relata de su primera infancia. 
Apasionado de los libros, Amos Oz cuenta que con seis años su padre le dejó un hueco en su estantería y le dejó poner allí sus libros. "Fue un gran día para mí. Para ser exactos me cedió unos treinta centímetros, más o menos un cuarto de la superficie del estante de abajo. Abracé todos mis libros, que hasta ese día habían estado tendidos en una banqueta junto a mi cama, los llevé en brazos hasta la vitrina de mi padre y los puse de pie, como es debido, de espaldas al mundo exterior y de cara a la pared". Puedes leer la entrevista completa en el enlace (en verde como siempre en el blog): Amos Oz, el siglo de Israel.
Mucho tiempo tardó Oz en decidirse a escribir un libro como Una historia de amor y de oscuridad, en el que sacó a la luz a sus padres, emigrantes judíos de orígenes rusos y polacos que llegaron al Mandato Británico de Palestina. Él, un aficionado a lo sublime, erudito filólogo que no pudo acceder a la docencia universitaria; ella, amante de la literatura, que improvisaba historias al acostar a su hijo y que se suicidó cuando éste contaba con doce años. Su tío Yosef, incansable lector y polemista en eternas discusiones con su vecino Agnón (un futuro Premio Nobel), quien le enseñó que no había nada más asombroso como crear una nueva palabra que se mezcle con las de un idioma y se vuelva eterna por su uso, ya que los libros se hunden poco a poco en el olvido. Su huida a los quince años a un kibbutz donde lee y relee a Hemingway y que acabará forjando su vida.
A este libro, al que da forma de novela para mostrarse ante los lectores, pertenece el texto que nos acompaña en esta entrada dedicada a los libros.


La relación entre literatura y ópera es enorme. Muchas son las óperas que han surgido de libros (novelas u obras de teatro, sobre todo) a los que se han adaptado para ser llevadas a la escena. En otras ocasiones, el libro del que partía la obra musical apenas ha tenido trascendencia y apenas es conocido. Entre los primeros podemos destacar algunas óperas de Verdi como Macbeth, Otello o Falstaff, basadas en obras de Shakespeare; La Traviata, sobre La dama de las camelias de Alexandre Dumas hijo; La forza del destino, a partir de Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel Saavedra Duque de Rivas o Rigoletto adaptada de El rey se divierte de Victor Hugo.
Gaetano Donizetti es uno de los grandes compositores de la primera parte del siglo XIX, junto con Rossini, Bellini y el joven Verdi, uno de los máximos exponentes del periodo belcantista, donde la melodía y el protagonismo de los intérpretes llegan a los momentos más sublimes de la historia de la ópera, muy por encima de la consistencia de algunos argumentos, que quedaban relegados a un lugar menor relevante. 
Autor de más de setenta óperas, la mayoría serias entre las que destacan Ana Bolena, Lucrecia Borgia, La Favorita o Lucia di Lammermoor, también hay entre su producción obras cómicas como L'Elisir d'amore (El elixir de amor) o Don Pasquale.
L'Elisir d'amore es una obra deliciosa, una irónica parodia sobre la leyenda de Tristán e Isolda y el filtro de amor que los unió; una comedia sin pretensiones, pero que tiene la virtud de encantar al público, con unos personajes extraídos de los tipos de la ópera bufa y unas melodías pegadizas que se te quedan metidas en el oído y no dejas de tararear entre sonrisas de complicidad.


Un libro. Esta es la razón que une esta obra con el texto, aunque en este caso, el uso del libro tenga un sentido irónico. Nemorino, ingenuo campesino nos confiesa que está enamorado de la bella y rica Adina. Ella cuenta a los pueblerinos la historia de amor de Tristán e Isolda y se burla del filtro con que Tristán conquistó el corazón de su amada. Esta escena es de la que Donizetti se sirve como pretexto para iniciar su obra y que hará que el embaucador Dulcamara, curandero y charlatán ambulante proporcione a Nemorino ese elixir milagroso (una botella de Borgoña, en realidad) que le dé el amor de la esquiva Adina.















L'Elisir d'amore
es una obra ideal para quienes quieren escuchar una ópera por primera vez. La versión que enlazo pertenece a una producción de la Stattsoper de Viena de 2005 que reunió un elenco encabezado por el tenor mexicano Rolando Villazón como Nemorino, la soprano Anna Netrebko como Adina acompañados por Leo Nucci como Belcore e Ildebrando d'Arcangelo en el rol de Dulcamara, una producción que hizo época y que está en Youtube subtitulado en castellano en varios vídeos consecutivos. Una obra y en una versión para disfrutarla.



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14 abr. 2017

Escenas de bohemios en París

París, jóvenes artistas y bohemios son imágenes que tenemos asociadas en nuestras mentes. Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la actualidad, lugares como Montmartre, el Barrio Latino o Montparnasse han visto vivir y transitar por sus calles a tantos aspirantes a pintores, músicos o escritores que pocos lugares son reconocidos como ciudades de los artistas como París.
En esta entrada te propongo una visita que une París y los jóvenes artistas con imágenes, una literaria y varias musicales con el libro El alma encantadora de París y la ópera La Bohème de Puccini
Planteo una primera aproximación, ya que dentro de unas semanas tendremos la oportunidad de disfrutar de esta ópera en el Teatro Maestranza de Sevilla.



Enrique Gómez Carrillo es hoy en día un escritor prácticamente olvidado. Natural de Guatemala, vivió largos periodos en Madrid y París, fue amigo de Rubén Darío participando en el movimiento Modernista, siendo colaborador en distintos periódicos y, sobre todo, un viajero incansable. 
Sus libros con las crónicas de viajes reflejan este interés: El alma encantadora de París, El Japón heroico y galante, La sonrisa de la Esfinge, Jesuralem y la Tierra Santa, Vistas de Europa, El encanto de Buenos Aires o La Grecia eterna y la Rusia actual escritos en las dos primeras décadas del pasado siglo, son algunos de los libros en los que Gómez Carrillo refleja la aventura hedonista, el detalle exótico, la paz del viaje, el vagabundeo despreocupado, ese lugar desconocido que al descubrirlo cause la admiración en el lector. Según él mismo escribe, "... lo que busco es algo más frívolo, más sutil, más pintoresco y más positivo: la sensación".
Personaje muy conocido en su época, bohemio empedernido, cambió su nombre auténtico Enrique Gómez Tible (sus amigos escritores se burlaban llamándole Comestible) por los apellidos paternos. Se casó tres veces, entre otras con la cantante Raquel Meller, fue acusado de haber traicionado a su amante Mata Hari para que la fusilaran, acción de la que fue exculpado después de su muerte. Falleció en 1927 tras una vida de excesos como bebedor, mujeriego, pendenciero y duelista tras un derrame cerebral.
De El alma encantadora de París (1902) es el fragmento que acompaña esta entrada.

Para componer La Bohème, Giacomo Puccini se basó en Scènes de la vie de bohème de Henri de Murger, un folletín que fue publicándose por entregas hasta convertirse en novela como La vie de Bohème (La vida bohemia). Se trataba de unas publicaciones cuyos protagonistas eran jóvenes artistas, genios en potencia, astutos y pícaros en ocasiones que sobrevivían buscando el éxito con sus amadas costureras y peluqueras en el París de Luís Felipe de Orleans. Eran una serie de cuadros realistas en los que se podían identificar a algunos personajes conocidos.
Leoncavallo le propuso a Puccini trabajar juntos en una versión para llevar al escenario esta novela. Finalmente, y después de desencuentros personales, cada uno elaboró una ópera, siendo la que nos ocupa más popular, aunque menos fiel al original.
Con guión de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, los libretistas habituales de Puccini, la "Santísima Trinidad" con que el compositor se refería a él y su equipo de  colaboradores, La Bohème se estrenó en febrero de 1896 con la dirección de uno de los grandes, Arturo Toscanini, de quien celebramos este año el 150 aniversario de su nacimiento.



Cuando Mimí entra en la buhardilla donde está Rodolfo, Puccini la trata de forma especial. El ambiente exterior nevado, el frío, la chimenea apagada, el tiempo desaparecen para centrarse en la figura que entra. 
Las dos arias que traigo a esta entrada han pasado a la historia. Sus primeras frases las conocen todos los amantes de la ópera: Che gelida manina! (¡Qué manita tan fría!) y Si. Mi chiamano Mimí (Sí. Me llaman Mimí).
En Che gelida manina! Rodolfo logra conquistar a su vecina Mimí a la vez que a todos los que lo escuchamos. La palabra es aquí la clave para la seducción con un comienzo tímido, titubeante, que se va creciendo cuando se presenta como poeta y arrebatado soñador. Puccini detiene o acelera el ritmo según lo pida el texto, desplegando su melodismo con una expresividad que alcanza su cenit en la frase "la dolce speranza".


La interpretación corre a cargo de Luciano Pavarotti con la silenciosa presencia de Mirella Freni en una producción de 1987 en la ópera de San Francisco bajo la dirección de Tiziano Severini.




Inmediatamente a continuación sigue el aria Si. Mi chiamamo Mimí que retoma la conversación entre ambos para contarnos su sencilla vida de costurera, hasta lograr emocionarse y emocionarnos desde "il primo sole è mio" y la forma de utilizar las melodías que son muy expresivas, se desarrollan en poco tiempo y desaparecen para dar paso a la siguiente, creando una música muy sentimental que llega a tocar la sensibilidad del espectador. El final del aria es en forma de recitativo.


Boceto de Hein Heckroth para la escenografía de La Bohème de la StattOper de Essen (1930/1931)


El aria está interpretada en versión concierto por Kiri Te Kanawa con la London Symphony Orchestra dirigida por Stephen BarlowLa soprano neozelandeza, con su pronunciación exquisita, despliega su voz cargada de matices e inflexiones acompañando los cambios de tempi con que Puccini describe el agitado latir del corazón de Mimí.





Si te apetece, y para finalizar enlazo con una grabación que une las dos arias en el final del Acto I. Se trata de una versión fílmica de 2008 dirigida por Robert Dornhelm y protagonizada por Rolando Villazón y Anna Netrebko. La escena comienza con la llegada de Mimí a la buhardilla de Rodolfo y finaliza con un dúo que también merece una entrada en el blog, O soave fanciula.



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